Un 26 de noviembre de 1942 se estrenó en el Teatro Hollywood de la ciudad de Nueva York una de las películas más célebres de todos los tiempos. Ya han pasado 80 años de aquel acontecimiento para el cine.

En lo personal, cada cierto tiempo regreso a Casablanca” (1941) y siempre me he preguntado por qué.

Será por el espíritu patriota que derrochan sus protagonistas en tiempos de guerra cuando en un bar entonan a todo pulmón “La Marsellesa” para silenciar el odio de los oficiales de la Gestapo alemana.

O quizás por el misterio que encierra esta excéntrica ciudad localizada en Marruecos, norte de África, lugar de desdichas y esperanzas para cientos de refugiados que se sienten atrapados en este lugar.

Aquí donde la vida vale tan poco, pero donde todos luchan por libertad, en aquel peculiar café casino en que algunos se juegan todas las fichas en la ruleta para salvarse el pellejo y poder escapar.

Puede ser que vuelvo a la obra maestra de Michael Curtiz para admirar al trío de amantes que ante la barbarie enemiga apelan al sacrifico personal en aras de la libertad.

Y para disfrutar de las actuaciones de Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, que logran una química pocas veces vista en pantalla, y se enamoran al son de la música de Sam que interpreta “El tiempo pasará”.

Al final puedo concluir que no existe una razón especial para regresar al “Café de Rick”; mágicamente me encuentro en Casablanca, lugar al que llegan cientos de perseguidos por la Gestapo en la Segunda Guerra Mundial.

Una ciudad difícil de abandonar si no cuentas con los codiciados pases para viajar a Portugal y luego a Estados Unidos para seguir luchando contra la tiranía instaurada por Adolf Hitler y su círculo de allegados.

La última esperanza para el líder checo y héroe de la resistencia, Victor Laszlo, Paul Henreid, es Rick Blaine, Humphrey Bogart, propietario del Rick’s Café. Un personaje que no arriesga su vida por nada y nadie, excepto por Ilsa, Ingrid Bergman.

SACRIFICIO

Inexplicablemente los destinos de Rick e Ilsa se vuelven a encontrar en la ciudad de Casablanca. El primero se encontrará entre la espada y la pared, y deberá elegir entre su felicidad o seguir sus ideales escondidos a pesar de su frialdad

En una inolvidable escena Rick está destrozado en el bar y le dice a Sam: “De todos los bares en todos los pueblos en todo el mundo, ella tuvo que venir al mío”. 

Definitivamente el filme de Curtiz no permite instantes de monotonía, porque cada escena es más intensa que la anterior, por eso y mucho más vuelvo a “Casablanca”, como un niño que antes de dormir quiere que le relaten nuevamente su cuento favorito.

Por Andrés Forcelledo Parada.-

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