El “hombre humilde”: el intervencionismo de la dictadura en las iglesias evangélicas

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Esta es la segunda entrega de nuestra serie “El voto evangélico: análisis crítico del presente”. En la columna anterior analicé “La taxonomía del votante”, en esta oportunidad exploro una respuesta sobre el acelerado aumento del pueblo evangélico en Chile y analizo el interés de los partidos de derecha por la conquista de los votos del sector [1].

En mis investigaciones como historiador, trabajando en archivos de finales del siglo XIX, alguna vez me topé con la persecución sufrida por las hermanas y hermanos evangélicos del sur de Chile. Uno de los grandes fundadores de la Iglesia, el valenciano Juan Bautista Canut de Bon Gil (1846-1896) –cuyo nombre se utilizó popularmente para llamar a los evangélicos “canutos”-, en más de una oportunidad denunció, en el periódico El Colono (de Angol), una serie amenazas contra la integridad física y la propiedad privada de los creyentes, como la quema de sus casas. También denunció golpes, insultos, apedreos y otros atropellos de parte de católicos fanáticos. Los atacantes eran enviados, según afirmaba, por los propios curas. Gracias a mis entrevistas a la vieja vanguardia de pastores y predicadores, tengo la impresión de que algo de esa persecución aún permanecía en la sociedad chilena hasta entrar al último tercio del siglo XX. Más de algún creyente octogenario recuerda haber recibido el inmundo contenido de una bacinica al pasar desapercibido por algún callejón; acto coronado de burlas, maldiciones y el infaltable “¡¡CANUTOOOOO!!”.

Actos como esos son casi impensables en nuestros días. De algún modo ese tipo de persecución ha desaparecido. Innegablemente mucho ha cambiado en la sociedad chilena y en la propia comunidad evangélica. La mayoría de las congregaciones cuentan con profesionales de todo tipo, empresarios y uno que otro político. Para quienes ven el mundo evangélico desde fuera, ha ido dejando de ser sinónimo de gente “pobre” e “ignorante”, para convertirse paulatinamente en un sector de ascenso social, en una “clase media” atípica, bien conservadora. Pero el cambio más evidente se produjo en su acelerado crecimiento y en el interés que ha despertado de parte de la centro derecha. En medio del desprestigio de la política, hay quienes perciben al mundo evangélico como una masa potencial de votantes cautivos, seducidos por las consignas “valóricas”. Difícilmente los abuelos de José Antonio Kast –catalogado como el Jair Bolsonaro chileno- se habrían acercado a los evangélicos con la misma insistencia del precandidato.

Sin duda, los cambios se produjeron en los años de la dictadura. Varios antecedentes estadísticos llaman la atención. En 1970, la comunidad evangélica y protestante alcanzaba apenas el 6,18% de la población. Años después, en 1991, al llegar la democracia, se había elevado al 16% (Censo de 1970 y Encuesta CEP-Adimark, diciembre 1991, respectivamente); cifra que se instalaba por sobre el promedio de América Latina, en torno al 10%. Ello indica que los evangélicos experimentaron el crecimiento más importante de toda su historia durante la dictadura cívico-militar; considerando que en la actualidad alcanzan un 18%, marcando una tendencia más bien estacionaria (Encuesta CADEM 2020). Tal crecimiento se concentra mayormente en los estratos socioeconómicos más vulnerables, en el orden de un 23%.

Otra cosa que llama la atención, es su marcada tendencia “apolítica”. Al llegar la democracia, un 46,1% señalaba identificarse con los independientes (supuestamente “apolíticos”), un 24,1% con el centrismo, un 15,4% con la izquierda y un 14,4% con la derecha. Por otro lado, distinto a lo que se podría pensar, según la misma Encuesta CEP-Adimark (1991), solo un 27,9% manifestaba una opinión positiva sobre el general Pinochet, mientras que el 53,6% lo hacía de manera negativa –cifras que no difieren del resto de la sociedad chilena, considerando que en el plebiscito de 1988, el “Sí” obtuvo el 43,01 % de los votos y el “No” el 54,71% [2].

¿Qué ocurrió durante la dictadura? Sostengo que hubo un claro intervencionismo de parte del régimen, el cual habría afectado el crecimiento de la población evangélica y la percepción de la sociedad chilena, que tendió a confundir el conservadurismo evangélico con una simpatía hacia los partidos de derecha. Resulta ingenuo pensar que los evangélicos, cual rebaño, se identifican o apoyan a una sola coalición, o a un candidato de una determinada tendencia política, cuando, a pesar de varios intentos, han transcurrido décadas sin que logren conseguir formar un partido político con real alcance nacional. Tal como lo han demostrado en trabajos recientes Miguel A. Mansilla y Luis A. Orellana, durante el siglo XX la participación de los evangélicos en la política abarcó gran parte del espectro partidista nacional. Radicales, socialistas, conservadores, entre otros, tuvieron entre sus filas a candidatos evangélicos [3]. Mucho de esa tendencia se ha mantenido. A pesar de los esfuerzos de la dictadura cívico-militar por intervenir en el mundo evangélico, no existe en la actualidad “el voto evangélico”.

Los años de la dictadura también fueron los años del boom de los tele-evangelistas. Carismáticos personajes, con nombres rimbombantes, estrenaban su aparición pública junto al crecimiento mundial de la TV abierta. Rodeados de bullantes y encendidas multitudes, desde sus altas plataformas parecían Mussolini, Hitler o Fidel Castro dirigiéndose con pasión a sus fieles rebaños. En 1975, sin ser estorbado por los militares, llega a Chile el evangelista Yiye Ávila, para recorrer el país con sus grandes campañas de predicación al aire libre. Luego volvería en varias oportunidades. En 1977 se entrevistó con el propio general Pinochet, siendo trasladado, nada menos, que en un helicóptero militar desde Rancagua a Valparaíso. En cierta oportunidad señaló sobre el insólito encuentro: “Vi el rostro de un hombre humilde y sincero frente a mí (…), pude verlo claro frente a mí. Le expliqué el beneficio de la campaña y le dije: mire, el beneficio más grande de la campaña es para su gobierno, porque nosotros predicamos lo que dice la Biblia, que hay que respetar las potestades superiores. El que se convierte ¡jamás! hará una rebelión contra usted, porque tiene que hacer y cumplir lo que dice la Palabra de Dios” [4]. Luego el evangelista cuenta que oró junto a Pinochet por la salvación de su alma y la de Chile. Más allá del acto de fe de parte del evangelista, su encuentro  con el “hombre humilde” muestra cómo el régimen se acercaba al mundo evangélico, seguramente sin entenderlo y sin saber lo que pasaría.

Era orar con un “canuto” o quedarse sin simpatizantes dentro de los creyentes. En 1975, por orden de gobierno, había sido disuelto el Comité Pro Paz y fue expulsado del país su copresidente, el obispo Helmut Frenz, de la Iglesia Luterana, quien ejercía el cargo junto monseñor Fernando Ariztía. Pro Paz había sido creado en 1973 por protestantes, líderes católicos y la comunidad judía, con objeto de poner freno a las violaciones a los derechos humanos, fue el organismo antecesor de la recordada  Vicaría de la Solidaridad. Este hecho haría que el régimen se distanciara de los líderes católicos y protestantes y prefiriera acercarse a los evangélicos pentecostales.

Mientras se clausuraban, “hasta nuevo aviso”, las puertas de las juntas de vecinos y se intervenían medios de comunicación, industrias y universidades (cerrando carreras, haciendo desaparecer a “la lista negra” de alumnos y profesores, impidiendo reuniones de más de cinco personas en los pasillos, etc.), los creyentes de todos los credos, atemorizados y desorientados, continuaban asistiendo a sus templos. En ese momento, a partir de 1975, por iniciativa de la Junta Militar, se inaugura el “Te Deum Evangélico” (o Servicio de Acción de Gracias de la Unión de Iglesias Evangélicas de Chile), que se llevará a cabo, religiosamente, una semana antes del tradicional Te Deum Ecuménico Católico de Fiestas Patrias (el que se celebra desde 1811 cada 18 de septiembre). Con ello se daba un giro a la tradición republicana para construir confianza en el mundo evangélico. Pero hay más, la vieja vanguardia de creyentes recuerda que, a pesar de los toques de queda, se dio libertad a la celebración de campañas evangelísticas y vigilias. Bastaba la orden de alguna autoridad militar para arreglar la agenda o permitir el trasnoche dentro de los templos. Actividades que, en muchas oportunidades, fueron cercadas por uniformados, con armas de guerra, trajes de combate y toda la parafernalia castrense. En esa época se transmitían en TVN, el canal estatal, los mensajes del reverendo Jimmy Swaggart, reemplazado más tarde por Yiye Ávila y, a partir de 1991, por el programa Puertas Abiertas (para cumplir en democracia los compromisos con el sector).

El intervencionismo no se quedó en gestos simbólicos, la fe tenía que ser acompañada de “buenas obras”. Como nunca en la historia de Chile, los pastores comenzaron a solicitar terrenos para la construcción de templos. Gustoso el régimen entregó en comodato o a bajo costo numerosos sitios para la “extensión de la fe”. No se ha hecho la estadística al respecto, pero muchos creyentes recuerdan que creyeron ver en el general a un hombre enviado por Dios. Argumentos habían para eso. El mensaje del apóstol Pablo aún se repite con insistencia: “De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos” (Romanos 13: 2). Texto que, por cierto, no se revisa en su contexto, porque el mismo Jesús y el propio apóstol resistieron a la autoridad cuando el dictamen de la moral lo requirió. Tampoco se han preguntado por versículos como éste: “Ellos establecieron reyes, pero no escogidos por mí; constituyeron príncipes, mas yo no lo supe” (Oseas 8:4).

Como sea, la población evangélica creció en los años de Pinochet, al tanto que mantuvo su conservadurismo, pero tales tendencias no deben ser erróneamente interpretadas como “votos de la derecha”. Recordemos que antes que el candidato José Antonio Kast (que obtuvo apenas un 7,93% de los votos en la primera vuelta de las presidenciales del 2017, donde la abstención se elevó al 53,28%), otro candidato y futuro presidente, Ricardo Lagos, fue recibido por los evangélicos, en 1999. Pero ¿qué pasó con la memoria del general Pinochet en las congregaciones evangélicas? Después que se conocieron los horrores de la dictadura, salió a luz pública el escándalo de los pinocheques, el caso Banco Riggs y la detención en Londres, pareciera que dentro de los templos el nombre de Pinochet se convirtió en un tema tabú, aún más indecoroso que hablar de la propia política. Una posición más cómoda que tener que escarbar en lo “políticamente incorrecto”…

[1] https://golpedigital.cl/2020/12/01/el-voto-evangelico-analisis-criticos-del-presente/

[2] Sobre las cifras, sugiero revisar Arturo Fontaine y Harald Bayer: “Retrato del movimiento evangélico a la luz de las Encuestas de Opinión Pública”. Estudios Públicos, n. 44, 1991.

[3] Sugiero revisar dos textos de los autores: Evangélicos y Política en Chile, 1960-1990. Política, apoliticismo y antipolítica. RIL Editores, 2018; y “La participación política de los evangélicos en Chile (1999-2017)”. Revista Rupturas, vol. 9, n. 1, 2019.

[4] El testimonio se puede escuchar en YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=F_GQ26g2DII