Por Andrés Forcelledo Parada

En “Stanley Kubrick: A Life in Pictures” (2001), imperdible documental disponible en YouTube, el reconocido director Martin Scorsese señala que cada filme del cineasta equivale a 10 de otros, y que éste abarcó todos los géneros a la perfección en sus 13 obras sin dejar nada en el tintero.  

Tras su ópera prima de corte bélico “Miedo y deseo (1953) Kubrick realizó dos películas de cine negro que no decepcionan “El beso del asesino” (1952) y “Atraco perfecto” (1956); luego Kirk Douglas lo contrató para filmar la antimilitarista “Senderos de gloria” (1957), con esos inolvidables travelling por las trincheras en la Primera Guerra Mundial, y la histórica “Espartaco”(1960), una de las pocas del género en que no se hace alusión a la Cristiandad.       

En un paso arriesgado en 1962 llevó a la pantalla la polémica obra literaria Lolita” de Vladimir Nabokovcon un estilo propiamente Kubrickiano en que abordó de manera tragicómica la turbulenta relación de un hombre mayor con su hijastra.

En plena guerra fría y tras la crisis de los misiles realizó el satírico y divertido filme “¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú” (1964), recordado por el genial Peter Seller quien interpretó tres papeles en la misma cinta.

Posteriormente realizó tres obras de culto “2001: Una odisea del espacio” (1968), “La naranja mecánica” (1971) y “Barry Lyndon” (1975); en 1980 abrazó el terror con “El resplandor” con Jack Nicholson a la cabeza; y cerraría la década con la antimilitar y antibélica, en el contexto de la guerra de Vietnam, “La chaqueta metálica” (1987).      

PÓSTUMA

Sin embargo, el obsesivo y perfeccionista director aún tenía algo que decir en su cinta más reveladora “Ojos bien cerrados” (1999); aunque ésta trata sobre celos, obsesiones sexuales e infidelidad, el epicentro del relato es el poder de aquellos que manejan los hilos del mundo y mantienen cubiertos sus rostros.

Poderosos que no permiten la entrada a su exclusivo mundo: jefes de Estado, políticos, ministros, jueces, propietarios de estudios cinematográficos y medios de comunicación; se suman a esta élite empresarios, obispos y líderes religiosos.

Algunos de ellos manipulan la economía y prenden la mecha de guerras creando pandemias y hambrunas que hunden a las naciones subdesarrolladas para concretar sus nefastos propósitos.   

Los mismos que cubren sus rostros, participan de extraños rituales y orgías de drogas y sexo con las mujeres más hermosas del mundo; personajes que vemos regularmente en televisión y eventos sociales, sí aquellos que son los verdaderos amos de este mundo y nosotros sus títeres.    

William Harford, Tom Cruise, es un médico exitoso y respetable de Nueva York, sin embargo, no pertenece a esta cerrada y oscura confraternidad con sus excéntricas reuniones; la muerte de una prostituta en su ostentosa fiesta no tiene mayor relevancia para estos grupos de poder, no permitirán que hechos menores derrumben lo construido a costa de miles de muertes y conspiraciones.      

Ellos utilizarán todo su influencia para que el estiércol no salga a flote y salga a la luz pública los rostros de estos grupos que tienen como objetivo establecer el Nuevo orden mundial, el sistema global difundido por décadas a través de los medios de comunicación, el cine y la literatura, en que han utilizado una disfrazada simbología que es parte de nuestra cotidianidad y que nos manipula sin darnos cuenta.   

La finalidad es mantener a la sociedad ciega, sorda y muda, y fuera del desarrollo, actos perversos para quienes somos marionetas del sistema con sus “seudo democracias”. Así la basura queda bajo la alfombra para ocultar sus prácticas corruptas, asesinatos y negar la prosperidad a millones; la especialidad de aquellos que esconden sus rostros con esas frías y horribles máscaras en la surrealista fiesta. 

Es el testamento de Stanley Kubrick que exhibe esta subterránea contingencia mundial y es una invitación a observar con más cuidado lo que ocurre a nuestro alrededor y abrir nuestros ojos ante la mentira en una sociedad en decadencia.